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lunes, 9 de febrero de 2009

II. Folio 16 - Epílogo sin título (enero 2009)

i.

Y siempre tengo que bancarme / mis lágrimas sola / como si fueran algo incómodo / y nada elegante.

Llorar es de hecho / la incomodidad y la rotería misma.

ii.

A mí las lágrimas se me dan / con tanta naturalidad / como la tiza resulta en dibujos / como el azúcar resulta en mermelada / como sí.

Se me dan tan simples / que parece que ojos y boca / nariz y margaritas / hipos y grititos / fueran una orquesta en la lluvia / a punto de venirse abajo.

iii.

Si lo único que quiero / es que tenga piedad de mí / pero a cada que me descubro el rostro y se lo grito / él levanta los puños / y me cierra la boca.

iv.

Me gustaría ser algo más / que llanto y llantito / que caro y carito / pero es cuando pasa eso / que me siento menos armada / de mí misma / de lo que me permito andar.

v.

Oye / tomas la pastilla / y sí / la tomo / y ni falta que hace / por qué ni falta / porque no podemos tener hijos / porque no podemos tener nada más que esto / y esto es malo / y por qué no / porque Dios no da hijos a los infelices / y por qué es malo / porque no hay cosa más cruel / que mirarnos a la cara y no ver nada / porque nadie quiere venir aquí / a este lado de mi rostro / y darme algo que no cueste / y darme algo que pueda atorar / entre el pecho y la espalda.

domingo, 1 de febrero de 2009

II. Folio 15 - Los platos rotos (enero 2009)

i.
Mi vida está lo arruinada / como para que venga y me escupa en la cara / como para que me ignore con violencia / como para que me insulte y grite a mordidas / Está lo arruinada como para que me arroje de la mesa / como a una mosca muerta.

Mi vida está lo arruinada que haga falta / como para que la arroje al río y le tire una piedra / como para que le ate una cuerda al cuello / y termine por hundirla / así atrapada por el medio del cuerpo.


ii.
Y lloro estando sola / acompañada / con motivo / y sin razón alguna.


iii. (El amor para siempre le duró dos semanas)

El amor para siempre le duró dos semanas / y menos: / entre el 3 y el 14 hay sólo 11 días.

El amor para siempre le duró menos que a mí un paquete de toallas higiénicas / pero no dije nada / porque no quise que nadie más que yo / pagara los platos rotos.


iv.
Y no me entero de más hasta que estoy boca arriba / en el piso / y he llorado toda el agua que pueda salir por mis ojos / y he vomitado todo lo que ha entrado por mi boca / incluso eso / incluso la saliva y el aliento ajenos / y me ha venido el recuerdo de las palabras completas / sin cortes / y me he rendido a hipar como una loca / a caminar nublado y blando / y a que todos en la calle vean mis ojos de vidrio y sientan lástima / de tanta carolina que tengo encima.

sábado, 31 de enero de 2009

II. Folio 14 - Carta no enviada no. 3 (enero 2009)

Y está bien. Lo único que querías era acostarte conmigo y debí comprender antes que después de eso ibas a desaparecer como si la tierra te hubiera tragado. No es que me lo banque, por supuesto, pero puedo entenderlo con claridad. Yo sabía, cuando te abrí la puerta, que después de que te fueras no íbamos a vernos en un montón de tiempo. Mi cabeza, de hecho, decía nunca, nunca más, pero yo no pongo mucha atención a los pensamientos cuando son tan inconvenientemente absolutos. Incluso ahí, arrastrada entre las mordidas, yo quería seguirte viendo la próxima semana, la que venía después de esa y así. A pesar de las demasiadas palabras tontas que se te salían, ofendiéndome, yo tenía el plan trazado de antemano y ya nada podía llegar más allá de mi piel y de esa mañana. Tengo claro que el control era mío ese día como nunca lo había sido. El poder de las mujeres siempre está, en última instancia, en follar o llorar. El poder de acercar o alejar a las personas con un gesto tan vacío como el desnudarse. El poder de hacer sufrir a otros simulando autoflagelación. El poder, al fin y al cabo, de usar al cuerpo como llave maestra para solucionar todos los conflictos, para esconder todas las cosas que no pueden resolverse como gente civilizada, para engañar.
Las personas a las que les he contado no vieron nada lógico en mi manera de razonar, pero si te necesitaba fuera tenía que primero hacerte entrar: tenía que abrir las puertas de mi casa, abrir las piernas y dejarte ir como si fueras mierda que se va por el río cuando ya no es posible retenerla más. Te querías acostar conmigo, y así lo hicimos: nada mejor que hacerte el favor para que de una buena vez dejaras de estar escondido por mis rincones.
Yo te había dicho alguna vez antes que los besos que nos dimos siempre me sabían mejor a mí, que te quería más, pero la verdad es que en esos gestos artificiales de afecto la que más asco sentía era yo. Muchas gracias por darme el primer beso sin amor que me han dado, por meterte conmigo por primera vez sin ningún tipo de sentimiento y por la única palabra de afecto de todo el round: un por favor de tripas que casi te creo, y cuyo único objeto era conseguir que me la metiera en la boca como si te debiera algo más que estar ahí, en silencio. Como si estuvieras haciéndome a mí un favor aterrizado desde una nave espacial. Nunca pediste nada por favor y nunca fuiste primero en nada antes, está claro. Fuiste el primero en esas cosas, pero no sé si te darán orgullo como las que tanto ambicionabas cuando no decías tantas mentiras para salvarte el pellejo.
Aunque a las personas a las que les he contado no les pareció nada lógico, creo que conseguí que no te aparecieras más a arruinarlo todo. Aunque del proceso me queden las cicatrices de una que otra mentira creída a medias, desperté violentamente del mal sueño que teníamos como único punto de encuentro entre nosotros.

domingo, 21 de diciembre de 2008

II. Folio 13 - borrador hecho en base a sensaciones atroces (diciembre 2008)

ii. Mi pena se va al barrio alto

Mi pena antes era más estática / se quedaba paseando siempre entre la Plaza Egaña y la de Ñuñoa / a veces iba de subida / generalmente más iba de bajada / pero de la nada se hizo la costumbre de ir hasta Grecia y quedarse en la biblioteca municipal.

Mi pena está en subida, explorando / en cualquier momento me llega a la autopista y se va.

ii. (Después)

Y después quiso vestirme él, como una muñeca / y yo, que estoy más sola que la palta en la lechuga, me dejé vestir y maquillar / y me sentí una muñeca de verdad / y me comí el llanto que ninguno de los dos oyó venir por entremedio del hoyito en mis medias sucias.

iii.

Mentir es lo único que puede defender / a las gentes como yo / que están así de solas.

iv. Mi pena se volvió más chic

Yo me acuerdo de que antes / antes de dos, tres años máximo / mi pena disfrutaba de las cosas simples / ahora le gusta sentarse en el Forestal los días domingo / y escuchar en el ipod a She Wants Revenge / y mirar a los malabaristas regocijarse de su miseria.

i. (La muñeca)

Tiene los ojitos cosidos para no ver / para ser puro adentro que duela / puro adentro inundado con el agua que no puede salir / no ve nada, pero es bueno que nadie la vea llorar / entre las puntadas entra una luz que le molesta / pero si aguanta tiesa la mueca de la boca nadie se da cuenta de que algo pasa.

Adentro / las cosas flotan todas en una alcantarilla de lágrimas.

II. Folio 12 - El secreto (diciembre 2008)

Cuando hicimos la cámara de fotos de cartón, cuando yo tenía como cinco o seis años, creí que cualquier cosa se podía hacer entonces. Mi tío, que había comprado una pequeña cámara de juguete en un viaje al D.F., se esmeró en imitar a la perfección todo el proceso con el cual ésta fijaba las imágenes. El aparatito, que cabía en mi palma de niña, estaba todo desparramado sobre el escritorio del cuarto de mi tío, y no sirvió nunca más para nada que no fuera guardar monedas de diez pesos (cincuenta pesos, para ser exactos) muy bien ordenadas una sobre otra en su interior. Mi tío, todo lo que tocaba terminaba destruido. Después de unos días, nos dio a Jorgito y a mí una caja de cartón con un pequeño hoyo en el centro de una de sus caras. Tenía, eso sí, un pedacito de terciopelo azul cubriéndolo mientras no hubiera que exponerlo. ¿Exponerlo a qué? A la luz, Laurita, la luz pone al papel muy malo. Me senté con la espalda muy recta, apoyada en el respaldo de la silla. No te vayas a mover, anunció mi tío. Jorgito descubrió el hoyito y lo pegó a la caja con un pedazo de escoch. Ellos se quedaron mucho más quietos que yo, mirándome fijo. El sol me daba de lleno en la cara y me hizo ver, en cosa de segundos, sus caras plagadas de motas de colores. Ay no te asolees, Laura, que te van a aparecer más pecas. La voz se oía desde dentro de la casa, pero me pareció escucharla desde dentro de mi cabeza. Ninguno de los tres movió un músculo. Las caras de Jorgito y mi tío me parecieron tan chistosas. ¿No era acaso la caja la atracción? Esa caja de zapatillas con un hoyo de alfiler. Con hoyito y terciopelo, en todo caso. No soy yo, me dieron ganas de decir, pero supuse que de lo callados era probable que el sonido también hallara una forma de entrar a través de ese pequeño orificio, igual que la luz. Me alarmó pensar en que se vería el gritito histérico de mamá en la foto, flotando sobre mi cabeza. Sus ¡Ay! Malignos, sus ¡No! Imprudentes. Cállate, mamá, tú nunca entiendes nada. Señor fotógrafo, dijo mi tío consultando su reloj, prepárese para obturar. Diez, nueve, ocho, siete, seis. Jorgito sostenía la pestañita de terciopelo en el dedo, enredada en el escoch. Mi tío miraba fijo el reloj con el índice hacia arriba, como haciendo parar un taxi. Como dirigiendo la orquesta, pensé, y agradecí que se acabara porque la nariz me picaba como nunca. Y uno, y baja el dedo Jorgito, y tomo aire como saliera del viaje submarino más largo. El tío se olvida del reloj, de pasada también de todo lo demás, y se lleva la caja lejos, al cuarto oscuro, donde nadie pueda dar fe a ciencia cierta de lo que hace. Cuando sale soy toda negra sobre el fondo blanco, y me explica que la foto está al revés. No, no te asoleaste hasta chamuscarte, Laurita, tranquila. Se supone que mi tío nos traería la caja una vez más en su próxima visita, sin embargo de ese día sólo nos quedó la foto, el negativo y las bocas abiertas de la impresión.

sábado, 29 de noviembre de 2008

II. Folio 11 - Simulacro de espectroscopía infrarroja no. 1 (noviembre 2008)

To a heartless bastard / From a heartless bitch

1.
Estar así / debería ser delito.
Los que deseamos / nunca sabemos bien qué.

2.
Debería entender que la gente sufriente es / además / gente egoísta / egoista y masoquista / S/A / (con furia) / (a ratos) / (como a sorbos intermitentes).

3.
Hacer un cuento / traducir una canción / abrir el cuento con una línea de la canción / con una cita / lastimarte / seguir así hasta que caigas muerto / seguir así / siempre.

4.
Y yo te espero / siniestra / y tú me miras, foto / y te tengo miedo / : los espejos siempre se quedaron más quietos que tú / fantasmita regodeón.

5.
Y después de todo el ruido / después de todas las imágenes, del frío / el silencio es denso como una imagen borrosa / y las frazadas pierden los contornos / las hilachas / luego las sábanas, el colchón / después mis piernas, mi ombligo / luego yo/ después.

lunes, 3 de noviembre de 2008

II. Folio 10 - Sobre la flacura y la hermosura (agosto 2008)

Pr.
La mujer todavía espera que Ramón la mire y se de cuenta
Mírame y date cuenta, dice a veces.

1.
En estos días pobres
secos, de palabras torcidas,
las imágenes negras viajan en mi aire
como dedos por un bolsillo roto.

Y yo te espero, siniestra
y tú me miras, foto, y te tengo miedo.

2.
Lo que más me gusta de estar flaca
es que escribo muy rápido
y junto a mí la letra se ve elegante.

3.
Lo que más me gusta de estar flaca
es mirarme en el reflejo de la TV y desaparecer.


4.
Y yo me escribo en la cara la palabra cárcel
sin saber mucho por qué,
y la tinta se me desparrama a las comisuras,
a los lados de los labios,
por las cañerías que mi piel dibuja sobre sí misma.

(inconcluso)

miércoles, 29 de octubre de 2008

II. Folio 9 - De la religiosidad y la moda (junio 2008)

Esa vez, la primera que nos vimos después de mucho tiempo, llevaba puesto un vestido verde a rayas. Lo había comprado el día anterior en una tienda de ropa usada, al encontrarlo lo más bonito y triste que nunca había visto en una caja con olor a abuelo. Caminamos un par de cuadras en línea recta y, cuando llegamos a la Recoleta, tiré de tu manga para que dobláramos por una calle, sin obtener mayores resultados. No. Por qué no. No sé, podrían asaltarnos o peor. ¡Bah! No va a pasarnos nada, vamos. Créeme, no. Te propuse que cada quién siguiera por su lado y nos juntáramos frente a la vitrina del almacén de los sombreros que estaba a tres calles, ante lo cual te estiraste todo lo largo que eres y me miraste poco convencido. No supe si querías saber que efectivamente no iría contigo o, muy por el contrario, sólo querías mostrarme que si iba por esa calle nada te haría seguirme. La cosa es que aceptaste, seguiste siempre en línea recta por en frente de la iglesia y yo me quedé mirándote: te vi espantar unas palomas con la punta del pie. Después, en vez de seguir por mi camino, me detuve en el umbral de una puerta y esperé un buen rato, enmarcada como una virgencita en una estampa, imaginándome lo impaciente que estarías. Estarías enojado, de seguro, y los caros sombreros te molestarían más y más conmigo. Cuando te vi venir corriendo pensé que me dirías las cosas más nefastas por estar en esa puerta jugando como una niña cuando tú sentías ese inexplicable miedo a los ladrones. Sin embargo no dijiste nada. Te quedaste viéndome como si me hubieras bajado de un globo y yo, como pude, me enrollé con brazos y piernas, porque no todos los días alguien volvía por mí al umbral de una casa extraña. Fue lo más extraño reconocerme de esa manera, como una trampa, después de tantos meses. Aproveché de enrollarme, con dedos y pelos, a tu cuello lleno de borlas por detrás de las orejas. Las tenías tan heladas que tuve que quitarlas de la boca y taparlas con jirones del vestido verde de líneas blancas, y apretar fuerte mis manos para que nada se me fuera a escapar otra vez entre las arrugas de la tela y tu cabeza.

II. Folio 8 - Llamadas telefónicas (abril 2008)

Cuando hace tanto tiempo M me dijo sobre eso yo no le entendí palabra. Eso se llama despecho, dijo, y te voy a cuidar de él. Cuando cortamos M y yo, de mutuo acuerdo y a través de una llamada telefónica, pensé que el momento en que dijo eso había sido el único en el cual fuimos realmente felices. Llamadas telefónicas sucedieron a esa en varias ocasiones, amistosas, y el despecho de esa pequeña relación se transformó en un luto que se extendió por años. No fue, como hubiera pensado, una sola sensación extremadamente desagradable. Hasta hoy me maravillo de no sentir nada tras esa larga sucesión de emociones opuestas, relativas, superpuestas, distintas todas. Incestuosas, nacidas unas de otras. Incontenibles. A diferencia de esa vez con M, la sensación manifiesta ahora, tanto tiempo más tarde, es sólo de rabia, y el luto se ha convertido en reiterados simulacros de asesinato ante la imposibilidad de enviudar de verdad. Los motivos son diferentes, igual que el personaje y su corte, pero ahí están esas palabras incomprensibles otra vez. Deseos de estrangular el aire constantes, espasmódicos. Recuerdos que se vuelven barrocos, grotescos, absurdos por completo. Cosas dichas y entendidas después, traducidas en felicidades pasadas. La sensación, entonces, se me hace absurda como la sangre que se junta debajo de algunas costras y termina por convertirse en una piedra bajo la cicatriz. Duele, y no precisamente por ser una sensación a flor de piel, sino que por convertirse en un conjunto de ideas que retornan, se acumulan y hacen daño. En mucho tiempo no hubo noche en que no levantara el auricular del teléfono esperando, con tripas y cabeza, que la voz de M al otro lado de la línea intentara explicarme qué había pasado entre una llamada y otra. Podría decirse que, al no necesitar más explicaciones sobre el tema, lo único que persiste entre nosotros es un miedo extraño y el silencio de una punta de la ciudad a la otra.

martes, 28 de octubre de 2008

II. Folio 7 - Las cosas olvidadas (septiembre 2008)



I.
Quiero arreglarme, pero el pintalabios se desparrama por todas partes. Se mueve como con vida propia, se sale de las comisuras y de ahí para toda mi sonrisa, margaritas incluidas. Recuerdo que mamá no se pintaba nunca los labios porque tenía dientes separados. Los labios, decía, son la entrada para todo lo demás; tus dientes son tan lindos, hija, te podrás poner rouge de todos los colores que existan. De todos menos éste, creo, y me limpio las marcas: como Jesús manda, he puesto pintalabios también en la otra mejilla. Cuando Padre se fue, a mi mamá le dijeron que fue porque no se arreglaba nada. La culpa se hizo toda suya y del tonto maquillaje que se negaba a llevar. Nada bueno puede venir con esas armas, hija, y luego iba a tribunales a pedir el dinero que Padre nunca nos dio con los labios colorados apenas, y luego hasta sus separadas paletas sonreían.
De Padre me acuerdo sólo de las mentiras tontas, la mezcla de olor a cigarro y colonia de pino. Me contaron que cuando nací trató por todos los medios de dejar de fumar y no consiguió nada. Nunca supimos de qué murió Padre, y ni mamá ni yo quisimos ir al funeral a preguntar.
Después de un tiempo, y contra todo lo dicho, mamá había decidido que el maquillaje era para las putas y el pintalabios no me venía. Para qué te pones eso, y los agarraba de mi velador para enterrarlos en el patio. Los tiraba a la taza del baño donde giraban dibujando círculos rojos en la cerámica. El maquillaje era a las niñas lo que el alcohol a los hombres; el pintalabios un cuchillo que ensangrentaba los cuellos, las manos y las bocas de hombres y mujeres siempre indignos.


II.
Yo me acuerdo que la última vez que vi a Padre sucedió así. Yo llevaba el pintalabios cereza de mamá y ese vestido verde con rayas blancas que ya de tantos tironeos estaba deformado. Bajo el ruedo de la falda, moretones. En las rodillas arañazos que entibiaban la piel tan pálida en la tarde. Padre se quedó así de sorprendido, pero después me dijo que estaba tan flaca que el vestido parecía de noche. Ese vestido te sienta mejor que el disfraz de gato mojado que te vi la otra vez en el centro. Me viste, sonreí, yo también te vi por ahí en las noticias. Su cara se empobreció de golpe, como si la que hubiera mojado al gato fuera yo. No he salido nunca en las noticias. Que sí, insistí, una vez en lo de los padres piloto. Tosí las últimas palabras al borde del llanto: a Padre debe haberle molestado aún más mi risa cargada de toda esa pintura de labios. Para mí fuiste una casa piloto de serviu, sabes, pequeña, pero para esas cosas eligen a cualquiera. Miro mis zapatos rojos donde sonríen al revés mis piernas amorfas; de mis labios siguieron saliendo muecas extrañas. De mis labios, quizás, habría salido una que otra palabra que lo hiciera sentir en casa, pero no quise. En esos tiempos ambos nos habíamos quebrado más de lo que cualquier pintalabios o camisa a cuadros pudiera esconder.


III.
Padre no tiene perdón de Dios, dijo con convicción, pero ella no lo había visto. No, de haberlo visto tendría la certeza de que ningún dios existe en este barrio.
El sol estaba alto y la luz era tan blanca que hacía parecer a la calle de tierra un desierto. No la pavimentaron hasta años más tarde, y es que éramos tan pobres por ahí que apenas salíamos de las casas a caminar. Los tres íbamos del almacén en dirección a la casa de avenida Roma donde vivían los abuelos; ese había sido su barrio por unos treinta años o más. Habíamos visto pasar por ahí las marchas sindicales y las rondas de milicia. Habíamos visto crecer a niños y árboles, y a Felipe como si fuera un animalito que tarda demasiado en valerse por sí mismo. Él jugaba con la mano libre, dibujaba un espiral sobre los muros de las casas que enmarcaban la calle. Va a salir un perro a comerte el dedo, le decía mi mamá cada cierta cantidad de pasos, te lo va a comer y te va a seguir porque tienes buen sabor. Yo estaba más grande, así que con la mano libre llevaba la bolsa con galletas de champaña para la once. Años más tarde, con la diabetes ya diagnosticada, me pregunté cuanto daño le habrían hecho esas onces al abuelo. Ocupábamos unos junto a otros, mamá siempre al medio, todo el ancho de la dispareja vereda de palos. Mamá le daba leves empujones a Felipe sobre las rejas en las que se salía una mata de ruda. Te va a comer la mano hijo, y ni tu hermana ni yo vamos a poder detener los mordiscos que te va a dar. Yo ya estaba grande, así que cuidaba muy bien de la bolsa y miraba a los lados para que ningún perro fuera a comerse las galletas o a mi hermano.
Cuando mamá recordaba el episodio -que en verdad no recordaba, sino que reconstruía a partir del relato de todos los demás- decía que nadie podría perdonar a Padre ni en un millón de años. Pero ella no había visto nada, como siempre. Cada vez que pasaba algo importante mamá estaba así, de ojos cerrados, boca abajo.


IV.
No es eso: es el vestido y los zapatos, y sobre todo el pintalabios. De alguna forma hay que hacer algo sin enloquecer. Mírame, mamá, el mismo color de las niñas en Paula y no puedo usarlo. Si la micro no se meneara tanto, si fuera seis o siete centímetros más alta. Si existieran sólo los buenos deseos todo sería mejor para mí.

-¿Todavía tienes ese bolso? Debe tener veinte años por lo menos.
-Sí, padre.
-En ese pusiste tus cosas cuando te fuiste de la casa por primera vez, ¿te acuerdas?
-Sí.
-Eras enanísima. Tenías el cabello corto, igual que un niño.
-Llevaba un moño.
-No –enfatizó-, llevabas el cabello corto como un niño, o por lo menos recogido atrás con una trenza. Así siempre te peinaba tu mamá.

Sacó el encendedor y prendió un cigarro. Prendió su sonrisa como un punto de luz anaranjado en la esquina donde nos encontramos. Ya estaba oscuro. A esa hora, de noche, era cómodo hablar porque apenas podíamos vernos las caras. Recuerdo del día del escape el equipaje de mi bolso: una foto vieja que le había robado a mamá y unos calcetines del bebé que me gustaba usar como mitones. Por su cara, supuse que tardaríamos un poco en arreglar el asunto del encuentro casual, así que me senté en el marco de una puerta a revisar que mi maquillaje siguiera en su lugar y Padre me siguió más o menos enseguida. El espejito me mostraba el ir y venir de su cigarro y de sus ojos, levemente iluminados por las luces de la calle.

-¿Cuánto sale?
-¿Perdón?
-Que cuánto sale lo que sea que hagas en esta calle a esta hora.

Me reí de forma sonora, pero en el espejo mi cara seguía perfectamente compuesta. Es grato poder reírse incluso en los momentos en los que no hay de qué hacerlo.

-¡Cómo eres…!
-¿Cómo soy?
-Así…

No supo que decir, pero sabía que era pintalabios, zapatos y vestido, y eso difícilmente cambiaría en las siguientes horas. En sus ojos había desafío, no te atreverías, sin embargo pasé una mano por mi cabello y luego alisé mi falda. Mi otra mano pasó sobre sus hombros endurecidos ante su expresión de desagrado, pruébame. Ahí recordé que el asco era la expresión que mejor le venía a su rostro.

-Sea como sea –proseguí-, no te vas hoy sin pagarme algo de todo lo que me debes.


V.
Recordaba a Padre al ver a Felipe echado sobre su cama, leyendo libros de ciencia ficción. Dependiendo del clima su velador se llenaba de bolsas de té viejas o cuescos de durazno, además de lápices rescatados de la basura del salón de clases. Tenía la manía de acumular cosas inservibles, incluso al punto de convertir cosas útiles en meros adornos con un poco de pegamento. En casa teníamos tres tenedores, tres cucharas, tres cuchillos: todo lo demás estaba pegado en el techo, sobre la cama de mi hermano, formando una aureola de plata y papel de diario. Por la tarde, después del colegio, se encerraba en el cuarto donde mamá guardaba aún las cosas de Padre y esperaba la noche. Después de eso salía con cosas ocultas bajo la cotona para apenas dormir un par de horas. Las tardes de Felipe consistieron siempre en sonreír por alguna cosa escrita en los libros, anotar una línea en el borde de una hoja y mancharse los dedos con tinta de lápiz roto. El no poder hablar parecía excluirnos a mamá y a mí de su día tanto como la pintura de labios y nuestros quehaceres de mujer a él.
Me imagino que mamá también se acordaba de Padre cuando lo veía hacer esas cosas, pero nunca nos dijimos nada. Tampoco ella se lo prohibió porque cuando él estaba molesto golpeaba el muro con el puño izquierdo, igual que Padre, y eso la atemorizaba. Apenas era un niño, se decía, e intentaba ignorar para conservar la poca familia que nos iba quedando.
Cuando escuché el crujir de las hojas, cuando vi sus libros rotos y el papel doblado en formas de animales, pensé lo peor, pero no había forma de convencer a mamá sobre lo aterradora que me resultaba esa visión: Felipe era apenas un niño, el destruir era parte de su limitado lenguaje sin voz.


VI.
Ni tu hermana ni yo vamos a poder detener los mordiscos que te va a dar, hijo, cómo no te das cuenta. Felipe se reía y daba tumbos sobre las rejas con ruda cuidando que entre las hojas hediondas no fuera a haber un perro.
Mamá se quedó en silencio, como siempre había visto sólo lo más elemental de todo el cuadro: ni a Felipe ni a mí nos importaba la señora que acompañaba a Padre en la vereda contraria, ni sus bolsas, ni sus risas. Lo que más nos había llamado la atención, desde nuestros ojos de niño y no-tan-niña, fue ese gesto suyo de intercambiar miradas entre mi hermano y el otro de manera intermitente. Felipe, como extraviado, se adentró con los ojos más y más en la conversación que ambos sostenían; era la única forma que tenía de participar en el diálogo que Padre sostenía con ese niño para ignorarnos. Debía tener más o menos la edad de mi hermano, y su voz era pequeña como la de un pajarito. La boca de Felipe se abrió todo lo que pudo y las manos alrededor de sus mejillas le temblaron por el esfuerzo, pero nada ocurrió. El grito que se esforzó en dar ni mamá, junto a él, pudo oírlo. Podría haberse buscado otro barrio para sacarla a dar una vuelta, dijo, y nos apretó las manos hasta marcar sus uñas en ellas.
Imagino que Felipe vio mucho más allá ese día, pero eso hasta a mí me dejó en silencio. Él se quedó en una mudez peor que la que siempre había tenido, o eso creímos ambas. Yo ya estaba grande, así que cuidé muy bien de no llorar y de que mi hermano hiciera lo mismo: antes ya había perdido el cariño de Padre, igual que mamá, así que sabía que se sentía como morirse un poquito dentro del cuerpo. Pasar a ser una cuchara que, con un poco de pegamento, se convierte en una estrella más de la cúpula plateada.


VII.
Salimos de mi casa con mucho menos apuro del que usamos para entrar. En eso entonces mamá y yo vivíamos en un barrio miserable, y nuestras cosas estaban guardadas en cajas a la espera de un mejor lugar.
Padre pareció impresionarse, pero no hizo más que arrojar el cigarro al piso y seguirme por el pasillo de manchas verdes hacia el interior, y de ahí escaleras arriba hasta llegar al cuarto. Mandé a mamá a casa de mis abuelos, dije antes que todo, me cansa tener que verla esconderse bajo las sábanas en este cuarto tan oscuro.
Al salir, ante el recuerdo de Felipe en la cara de Padre, resultó muy evidente para mí que siempre habíamos andado solas. El barrio parecía aún más triste mirado desde la puerta de la casa, me hacía sentir menos segura sobre esos zapatos y bajo ese maquillaje demasiado exagerado para mi edad. Padre bajó unos peldaños hasta la vereda y me miró desde ahí como quien ve a un barco hundirse. Imagino que cuando huí de casa, con 5 años y ese montón de cosas robadas, debía tener el mismo semblante de andar a la deriva. Caminó rápido, sin voltearse, y me dio lástima su vano intento de esconderse entre la gente. Lo vi hasta que dobló cuatro calles más abajo, y de ahí nunca más. Sentí compasión por la consanguinidad que compartimos y por el desagradable olor a alquitrán que me había dejado encima.


VIII.
Tenía sobre las uñas marcas de sus otras uñas, rasguños en la cara y dentro de los ojos. Fotos de nosotros tres donde Felipe, con pulso perfecto, se había recortado dejando entre ambas sólo una silueta. Una mezcla de esas fotos con otras fotografías familiares más viejas en las que Padre era un niño en blanco y negro. Todas sobre el piso. Los pequeños Felipes recortados, en cambio, estaban en la aureola de plata montados en aves de origami. El Trix del desayuno se le había metido hasta entre los cabellos, en sus manos llenas de saliva, en las orejas. Las grietas en el suelo del dormitorio estaban rellenas de polvo, pelos y cereal. Sangre, pelos, polvo y cereal sobre las cosas que Padre había dejado olvidadas en nuestra casa como a nosotros mismos. La boca de Felipe era un círculo perfecto, como si quisiera emitir un sonido aún sin poder hacerlo.
A Padre no lo vimos, no quisimos ir al funeral, pero siempre me imaginé el mismo escenario para él, poblado por fotografías de Felipe sonriente. Felipito con su máscara de hombre araña en el zoo, saludando desde un caballito de palo, sentado conmigo en la vereda frente a la casa de avenida Roma. Todas las fotos llenas de letras insonoras que dibujaba con la boca, como para hablarse a sí mismo desde la imagen. Pero si apenas es un niño, decía mamá hasta que se quedaba dormida entre las sábanas que de viejas y húmedas eran casi transparentes. Las cosas siguieron en las cajas durante un par de años más. Yo le pintaba una que otra vez los labios con el único rouge que había logrado rescatar de su exterminio, quizás así algún día le volviera el alma al cuerpo. Después de todo siempre habíamos sido las dos solas, usando armas para cuidarnos por más malas que estas fueran.

miércoles, 8 de octubre de 2008

II. Folio 6 - Para no morir de rabia, silencio (julio del 2008)

Al darte ese cedé, que era toda yo, te decía ahí tienes mi música, y en ella secretos. Las gentes como yo ocultan sus secretos en cosas así para no tener que dar explicaciones infinitas; confunden a las cosas con la gente, la gente con las cosas y las cosas con sus secretos. Enrollamos las palabras en otras lenguas y en la lengua de otro, pero con eso decía esta soy toda yo. Tú decías, casi al mismo tiempo, este soy yo y no soy tú. No soy, y lo decías con tanto cuidado que pensé amabas escucharlo salir de tu boca. Lo decías tan encima de mí que creí ser el espejo empañado y temblé. Había tanta convicción en tu rostro que no entendí por qué elegías justo mis momentos así de vulnerables para intentar un eclipse. Advertía esos asuntos como quien contempla un retardo, pensaba en esa como tu torpe forma de decirme cuánto nos parecíamos. Pienso eso de buena fe, porque en el fondo creo que ese circo tenía por único fin saberte más astuto que yo con herramientas obtusas. Y yo te ponía todas las canciones de Air que yo amaba, incluso esa, y tú decías que nada era como tu Janis Joplin. Entonces me tenía que conformar con tus manos distraídas sobre la panza y mi música vacía; y mi música prefabricada en tus comentarios de mierda sintiéndose menos que un eco. Después acababas y decías que yo tenía toda la culpa, yo y mi música calentona. Y pensaba, para mis adentros, que nadie más que tú podía calentarse con semejante pedazo de plástico que entre nosotros sólo servía de espejo. Mi música, despojada de toda yo y mis secretos, toda sucia en tu boca, se volvía la banda sonora de un motel parejero de los sesenta. Te engrupías a la Joplin y mis canciones, todas sueltas, se perdieron más que yo misma en ese silencio fotográfico que ojalá guardaras.

jueves, 11 de septiembre de 2008

II. Folio 5 - Mar de Japón (junio 2008)

Siempre te creí tan al revés por tu afinidad con las cosas del Japón. No es que diga que oriente está todo patas arriba (que lo está, pero no es eso lo que quise decir), sino que siempre he sentido extraña simpatía hacia los chinos y abierto desagrado por los japoneses. Los chinos, amiga, tienen en lugar de erre, ele en sus sonidos. En japonés, al contrario, todas las eles son transformadas en erres. O la una o la otra; mar de Corea o mar de Japón, porque todos los asiáticos, incluidos los coreanos de ambos lados, odian a los japoneses y les tienen sangre en el ojo. Que a unos les quitaron esto, que a otros le impusieron aquello: un culebrón el asunto. Tú dices que es envidia, pero me concedes que el papel es chino y la homosexualidad ritual japonesa. A veces creo que eso es lo que más te gusta de allá, la capacidad inmejorable de lo fifí. Entre más gay, más seguidoras tiene el cantante de turno. Ojalá se saque fotos de dudosa curiosidad con artistas menores para impulsarles la carrera, quiera DIOS que se saque fotos así con otros igual de importantes por el bien de toda la humanidad. Una vez tenté suerte y te dije que era gay, y hasta me lo creí para ver qué pasaba. Entre nosotros obviamente nada, pero descubrí que no me gustan los soplidos en el cuello más que los de tu nariz cuando me das besos bajo las orejas. ¡Cuánto te gusta hacer eso, oye! Me acuerdo de cuando pediste permiso para saludarme así. ¿Puedo darte besos aquí? Y la punta de tu dedo me dio escalofríos que me corrieron hasta el estómago. Luego pegaste tu boca en ese lugar y dijiste que estar sola iba a volverte loca. Pensé, muy honestamente, que si no conseguías a alguien el que se iba a volver loco era yo. Después comimos un par de galletas rancias que tenía bajo la almohada y nos sentamos en el piso, con la espalda apoyada en la cama, a ver videos viejos en un VHS.

II. Folio 4 - Las cartas (mayo 2008)

Es justo explicarte por qué estoy a estas horas sentada escribiendo simplemente porque así lo he decidido. Hace tiempo que sé que lo justo, en mi caso, se construye a base de puras convicciones. En parte, me parece razonable hacerlo en vista de que parecemos hacer lo mismo: computador, madrugada, frases borroneadas, frases salidas de las teclas, salidas de las manos con el empujón de alguna cosa que a esta hora ya no es alma. Hasta aquí no hay novedad, por eso sale fácil decirlo. Es posible, eso sí, que pase lo contrario a lo esperado, que bajo la sombra de lo que tú haces lo que hago se vuelva incomprensible. Decírtelo era lo justo, el entenderlo va de tu parte. Escribo algo, no sé si es novela u otra cosa. Lo hago ahora porque de lo contrario las ideas simplemente no me dejarían dormir hasta la mañana. Desde que las horas vuelven al día gris, me siento aquí, desarmándome. Ambos, entre uno que otro empujón, hemos levantado la cabeza para pedirnos alguna explicación a esta hora; desiertos de paseo dominical, tiempos muertos. En esta hora, que de gris se volvió la más negra, las ideas son como pozos que en algún punto se me vuelven lo más ajenas que pueden. Vagar en esos pozos es como andar en la panza de una bestia. Las hojas, de pura luz (y no es una metáfora, es que en verdad son de luz y me da una paja enorme llamarlas sólo hojas) serán un prado, pero con las letras se vuelven una especie de bosque porno clase B. No son un claro para cazar, verás, sino letras hechas de luces blancas y luces negras. Tu novela será para que corra la tinta, para que Vila-Matas la guarde en su santo reino. La mía, en cambio, es todo lo vaga que te puedas imaginar; la quiero para que me deje de zarandear un rato. Terminé por entender, de este modo, que mis ideas acaban largas y deformes como los túneles que una lombriz deja intactos para Dios. Supongo que de ser justa esta labor para mí, te escribiría una carta contándote que encontré una canción como quien encuentra un billete en el delantal de cocina. Escribiría escuchar esta canción me está calando hasta los huesos. Hace tiempo sé también que lo justo no siempre es igual para todos. Escribir para mí es, a fin de cuentas, mucho más perder el tiempo que otra cosa. De haber algo de justicia en esto, no escribiría tantas cartas imaginarias.

De no escribir tanto párrafo sangrante, tampoco habrían de los irónicos y los dolidos, y esos me encantan. Pese a todo, mi escritura se ha vuelto tan autoinmune como la gente. No importa a qué personaje juegues, aquí eres uno que siempre está perdido. A ratos vuelve a sonar esa canción y vuelvo a temblar hasta las vísceras, y me conmueve no poder querer a esa canción más que a algunas personas. Restos de mi afán por hacer de las cosas personas y viceversa. Es posible que leyendo a Bertoni me quede unos momentos en su piel, pero ten por seguro que leerme no te va a conducir a nada bueno. Bertoni no va a quererte ni un ápice de lo mucho que yo sí lo hice en mis propios huesos. Escribí en tu boca, incluso, que cuando quise el amor de las personas sólo recibí el de los poetas. Espero que eso te pase fuera de mis cuentos para así sentirme profética y sincrónica, y desquitarme un poco de esa extraña sonrisa que siempre tienes.

Lo que más me gusta del que eres ahora en mis cuentos es que te dices a ti mismo las cosas que me decías antes, y parecen dolerte igual que a mí. Si fueras vieja, te invitaría incesantes tecitos cocorocos en el Coppelia hasta que te soltaras tus títulos, me descosieras tus cuentos, y derribaras para mí esas oraciones absurdas, y sonrientes cuando te las tiraras sobre las mesitas plateadas. A mí no se me da la escritura igual que a alguien no le da el largo de las mangas de un chaleco. Digamos que no se me da tu manera de escribir. Escribías sobre perros y nunca fuimos amigos íntimos porque a mí no me da pena pegarle a los perros. Les temo, ellos me ladran: les doy patadas de consuelo como si ya no hubiera mañana. Supongo que de no sentir los deseos de pegarte un puntapié también, te escribiría otra carta larga con dibujos de mis perros heridos en combate. Por tu parte, no llegaste a escribirme ni tu nombre en un papel. Siempre creí, eso sí, que tenías una letra tan horrible como la del computador. Quizás las teclas eran extensiones de tus dedos y por ellos también pasaba corriente, lo que explicaría el por qué del dolor de panza que me daba cuando decías tanta estupidez junta. Tendré que conformarme con tus excusas, que cargo encima como medallas, y las cicatrices que se me vuelven a ratos bertonis largos y bertonis cortos. Pedazos de piel sacados de un lugar y vueltos a pegar en otro.

jueves, 4 de septiembre de 2008

II. Folio 3 - De otro planeta (apunte para la novela, abril 2008)

1.
-¿Y aquí?

Y su dedo presionaba el mentón, y sus ojos miraban hacia arriba distraídos como dos escarabajos, y la punta del índice de a poco se le ponía tan roja como el hoyuelo que dios le había hecho en la barbilla. Estaba aplastándolo.

-Aquí la cara se te contraería, porque la mandíbula se partiría en dos y el ángulo que tienes ahora así, tan gracioso hacia fuera, se te haría hacia adentro con los dientes quebrados. Quizás, si no se detuviera ahí, golpearía también tu paladar, contrayéndote la cara entera hacia adentro como si fuera una anti-cara: como si quisieras mirarte el interior de la nariz al cerrar los ojos.

Ella sonrió. Le gustaba cuando los signos apuntaban a que todo saldría bien. Se quitó el vestido a rayas para tenderse sobre la alfombra. Entre que hizo esto y se levantó por más café, hicieron el amor dos veces. En parte él miraba como dormía, en parte fundía los colores como si ella y el piso fueran una sola cosa. El estómago subía y bajaba muy lento, como a destiempo. Las luces seguían apagadas y las ventanas abiertas. De la calle, la noche se reflejaba en pequeñas luces sobre los brazos y el estómago, borrándolos. Los calzones brillaban más, al punto de iluminar la habitación. Satín rosa. Se preguntó en qué estaría pensando al vestir una cosa tan infantil. En el espacio de dos horas, hizo cuatro veces el amor consigo mismo. Se levantó a tomar café, pero en la tetera ya no quedaba ni media taza de agua hervida. Al entreabrir los ojos, a ella le pareció estar con el italiano. No, se corrigió, es Facundo que se ha revuelto el pelo y parece venido a la conquista de otro planeta. Le preguntó cuánto había dormido, pero él no supo qué responder. Preguntó al aire cómo es que se le ocurrió ponerse los calzones y no los sostenes. Él pudo haber sonreído, pero no dijo nada. Le contó, en cambio, que durmió muy mal debido a que tomó más café del presupuestado, pero que agradecía su ocurrencia de calzones y no de sostenes. Si hubieras dormido sólo con sostenes, dijo, de la risa no habría podido tomar café.

-Si hubieras dormido sólo con sostenes, no habrías dormido.

Se rieron los dos, aunque no sé si llegó a decirlo en voz alta. De las seis veces de la noche, para Facundo sólo dos fueron presenciales y las demás teóricas. Ella, en cambio, de las dos tuvo siete con Facundo y una con el italiano, que siempre se reservaba la mañana. Nunca sus talentos fueron matemáticos. Se acordaba de que, cuando era niña, su madre le dibujaba redondas manzanas rojas en tarjetas de cartón con la vaga esperanza de que aprendiera la lección. La cicatriz que tenía en el pie derecho le recordaba que no se está seguro en esta vida hasta que se aprende a dividir. Cada vez que la veía, los años desaparecían de golpe, como si fueran espacio.

El la miraba de reojo y de costado. Fijos los ojos en la cicatriz del pie con ambas tazas de café en la mano, como si fuera una equilibrista porno. Se le ocurrió que era la cosa más extraña que hubiera visto alguna vez: estaba ahí únicamente en calzones de satín, los que usaría una niña, sosteniendo dos tazas de café en silencio. Calzones que refulgen, dijo, pero pensó que de tanto brillo le estaban quemando los ojos. Le dieron ganas de escribir alguna cosa más que sea sobre el asunto, pero 1. Sintió cansancio de levantarse por papel y lápiz 2. Le daba pena dejar de mirarla con ojos llenos que se sentían rebalsar. Ella esperó un par de minutos más con los ojos fijos en el piso. El frío de las baldosas de la cocina le causaba escozor en la planta de los pies. Él intentó anotar algo sin buenos resultados. Terminó por desistir y tarjar toda la oración con una sola línea que se tambaleaba.

lunes, 1 de septiembre de 2008

II. Folio 2 - Malos recuerdos (escritos de apoyo a Malos deseos, abril 2008)

1. Dejar en cama las zapatillas rojas de cordones blancos desatados, que corren más rápido, más lejos que las micros verdes. Las clausuras del cuerpo, las cláusulas del cerebro. Los ojos hinchados, los dedos de espinas; los silencios dolorosos, las manos dormidas. Los párpados en el agua y las burbujas que te hacen cosquillas en las margaritas. La picazón en la lengua y la saliva dulce al borde de rebalsar las tacitas que son las comisuras de los labios.
Todo lo demás puede levantarse perfectamente.


2. En el piso, en el cuerpo, las huellas del baile. Las avenidas, Lo, son como las vías del tren: neo-vías llenas de trenes sincrónicos que no duermen nunca. Cada tren corta en pedazos al aire y lo que haya llevado por él. Serpientes de fuego, de lluvia, vapor y velocidad. Las manchas en el piso son las de un baile que ellas no pueden ni dejan bailar.


3. Mi cama dorada: mi cama como una cerca electrificada. Y yo aquí horizontal, deseándote, Y tú difusa, y tú extendida y borrosa sobre todo ese pavimento.


4.
Si fuera casa
llevaría la fiesta por fuera y la miseria por dentro.


5. Letters We Never Sent

"Contenido de mi maleta: The complete poems of C.P. Cavafy, un pijama y las cuatro últimas cartas de B"
No entiendo que Bertoni pueda salir sólo con las cuatro últimas cartas. Yo salía con todos tus recuerdos a cuestas, a falta quizás de las cartas entre nosotros. De tanto leer su libro, B se me confundía hasta el cansancio con TU; después me gustó mucho más B. Si te inquieta, pienso que como yo me quedé con B, puede ser y es probable que Bertoni se haya ido contigo. Si tuviera cartas tuyas, habría salido con el fajo entero atado con elástico de calzón: con una cinta de satín rosa acabada en una corbatita perfecta. Yo habría respondido cada una de esas cartas, y ahora tendrías empapelado el muro en el que apoyas la cama con ellas. Sin mirarlas, por supuesto: no soy para nada tonta. Se me figura que esa idea te habría hecho gracia y las tendrías junto a tus recortes, tu Diógenes y tus fotos de Thelonius Monk. Esa pieza debe tener sumados como-mil-quinientos-treinta años de tierra encima. Cuando la muralla quiera apoyar la frente en el piso, los gusanos gordos entre los ladrillos se verán más jóvenes que tú y todas tus cosas. Por lo demás, ese día voy a estar contenta de dedicarte el pie de apertura en alguna de las muchas cartas que les envío a mis amigos por correo.

jueves, 21 de agosto de 2008

II. Folio 1 - Malos deseos (abril del 2008)

I.
Nada más satisfactorio
que dejar con las ganas.


IV.
Nada más rico
que irme antes de once
dejándote con la tetera puesta

IV.1
(nada más rico
que dejarte con la tetera puesta,
en todo caso).


II.
Cuello, clavículas, diafragma, panza
la nariz dice
que hay repeticiones que aburren,
pero algunas nunca nos cansan.


III.
Bajo todas las capas de ropa
la última.

Bajo las capas de ropa
el último disfraz.

Bajo las capas de ropa
dedos que se entierran
en las costillas y la boca.


VIII.
Me gustaría esperarte
tomándome una bebida así de grande
tarareando canciones así de rancias
para decirte que mis canciones
siempre fueron más largas y más duras.


IX.
Yo soy de esas que
en palabras de Fuguet
calientan el agua y no se toman el té.


V. (mala)
Te busco por la ventana
entre toda la gente del centro
únicamente para hacerte un desprecio.


VI.
Nada más divertido que verte andar así,
con la columna rota.


VII.
Supongo que lo hice
sólo porque pediste que no lo hiciera.

Al menos barroco
lo más barroco que hay.


X.
Te voy a romper las casualidades
para que me veas no verte.

Me vas a querer sin ganas
con guatita doliente y enferma.






II. El cuaderno de los malos deseos

El cuaderno de los malos deseos fue bautizado como tal el día 4 de junio del presente año, a las 01:00 horas. Su objetivo, a diferencia del de su antecesor, es especializarse en la recolección de líneas sueltas e ideas escritas en serie a modo de corriente de pensamiento. Quizás por esto último, su filiación es mucho mayor con la poesía que el Cuaderno de los recuerdos desgarbados, sin embargo también podremos ver entre sus escritos una operación inversa similar: mientras el Primer cuaderno evidencia un cambio de la narrativa a la poesía, el segundo es una vuelta al cuento breve a partir del verso.

Los textos seleccionados están comprendidos entre abril y agosto del 2008, sumándose fechas en la medida que se agregan escritos a las páginas actualmente en blanco. El cuaderno fue titulado anteriormente a su composición (en actual ejercicio), con el fin de preceder a la serie de poemas que lo abren. Por esta causa es probable que el título no responda al carácter de todos los textos inscritos en él: el concepto es el puntapié inicial, por lo cual no debería estorbar en la medida que estos escritos son comprendidos como una progresión en el tiempo.