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lunes, 3 de noviembre de 2008

II. Folio 10 - Sobre la flacura y la hermosura (agosto 2008)

Pr.
La mujer todavía espera que Ramón la mire y se de cuenta
Mírame y date cuenta, dice a veces.

1.
En estos días pobres
secos, de palabras torcidas,
las imágenes negras viajan en mi aire
como dedos por un bolsillo roto.

Y yo te espero, siniestra
y tú me miras, foto, y te tengo miedo.

2.
Lo que más me gusta de estar flaca
es que escribo muy rápido
y junto a mí la letra se ve elegante.

3.
Lo que más me gusta de estar flaca
es mirarme en el reflejo de la TV y desaparecer.


4.
Y yo me escribo en la cara la palabra cárcel
sin saber mucho por qué,
y la tinta se me desparrama a las comisuras,
a los lados de los labios,
por las cañerías que mi piel dibuja sobre sí misma.

(inconcluso)

jueves, 11 de septiembre de 2008

II. Folio 4 - Las cartas (mayo 2008)

Es justo explicarte por qué estoy a estas horas sentada escribiendo simplemente porque así lo he decidido. Hace tiempo que sé que lo justo, en mi caso, se construye a base de puras convicciones. En parte, me parece razonable hacerlo en vista de que parecemos hacer lo mismo: computador, madrugada, frases borroneadas, frases salidas de las teclas, salidas de las manos con el empujón de alguna cosa que a esta hora ya no es alma. Hasta aquí no hay novedad, por eso sale fácil decirlo. Es posible, eso sí, que pase lo contrario a lo esperado, que bajo la sombra de lo que tú haces lo que hago se vuelva incomprensible. Decírtelo era lo justo, el entenderlo va de tu parte. Escribo algo, no sé si es novela u otra cosa. Lo hago ahora porque de lo contrario las ideas simplemente no me dejarían dormir hasta la mañana. Desde que las horas vuelven al día gris, me siento aquí, desarmándome. Ambos, entre uno que otro empujón, hemos levantado la cabeza para pedirnos alguna explicación a esta hora; desiertos de paseo dominical, tiempos muertos. En esta hora, que de gris se volvió la más negra, las ideas son como pozos que en algún punto se me vuelven lo más ajenas que pueden. Vagar en esos pozos es como andar en la panza de una bestia. Las hojas, de pura luz (y no es una metáfora, es que en verdad son de luz y me da una paja enorme llamarlas sólo hojas) serán un prado, pero con las letras se vuelven una especie de bosque porno clase B. No son un claro para cazar, verás, sino letras hechas de luces blancas y luces negras. Tu novela será para que corra la tinta, para que Vila-Matas la guarde en su santo reino. La mía, en cambio, es todo lo vaga que te puedas imaginar; la quiero para que me deje de zarandear un rato. Terminé por entender, de este modo, que mis ideas acaban largas y deformes como los túneles que una lombriz deja intactos para Dios. Supongo que de ser justa esta labor para mí, te escribiría una carta contándote que encontré una canción como quien encuentra un billete en el delantal de cocina. Escribiría escuchar esta canción me está calando hasta los huesos. Hace tiempo sé también que lo justo no siempre es igual para todos. Escribir para mí es, a fin de cuentas, mucho más perder el tiempo que otra cosa. De haber algo de justicia en esto, no escribiría tantas cartas imaginarias.

De no escribir tanto párrafo sangrante, tampoco habrían de los irónicos y los dolidos, y esos me encantan. Pese a todo, mi escritura se ha vuelto tan autoinmune como la gente. No importa a qué personaje juegues, aquí eres uno que siempre está perdido. A ratos vuelve a sonar esa canción y vuelvo a temblar hasta las vísceras, y me conmueve no poder querer a esa canción más que a algunas personas. Restos de mi afán por hacer de las cosas personas y viceversa. Es posible que leyendo a Bertoni me quede unos momentos en su piel, pero ten por seguro que leerme no te va a conducir a nada bueno. Bertoni no va a quererte ni un ápice de lo mucho que yo sí lo hice en mis propios huesos. Escribí en tu boca, incluso, que cuando quise el amor de las personas sólo recibí el de los poetas. Espero que eso te pase fuera de mis cuentos para así sentirme profética y sincrónica, y desquitarme un poco de esa extraña sonrisa que siempre tienes.

Lo que más me gusta del que eres ahora en mis cuentos es que te dices a ti mismo las cosas que me decías antes, y parecen dolerte igual que a mí. Si fueras vieja, te invitaría incesantes tecitos cocorocos en el Coppelia hasta que te soltaras tus títulos, me descosieras tus cuentos, y derribaras para mí esas oraciones absurdas, y sonrientes cuando te las tiraras sobre las mesitas plateadas. A mí no se me da la escritura igual que a alguien no le da el largo de las mangas de un chaleco. Digamos que no se me da tu manera de escribir. Escribías sobre perros y nunca fuimos amigos íntimos porque a mí no me da pena pegarle a los perros. Les temo, ellos me ladran: les doy patadas de consuelo como si ya no hubiera mañana. Supongo que de no sentir los deseos de pegarte un puntapié también, te escribiría otra carta larga con dibujos de mis perros heridos en combate. Por tu parte, no llegaste a escribirme ni tu nombre en un papel. Siempre creí, eso sí, que tenías una letra tan horrible como la del computador. Quizás las teclas eran extensiones de tus dedos y por ellos también pasaba corriente, lo que explicaría el por qué del dolor de panza que me daba cuando decías tanta estupidez junta. Tendré que conformarme con tus excusas, que cargo encima como medallas, y las cicatrices que se me vuelven a ratos bertonis largos y bertonis cortos. Pedazos de piel sacados de un lugar y vueltos a pegar en otro.

jueves, 19 de junio de 2008

I. Folio 7 - la novela (comprendidos entre agosto del 2007 y febrero del 2008)

1. primer intento (y presentación)
Estos últimos dos meses mi escritura se ha centrado en un proyecto de novela que venía, como un/el fantasma, rondándome por años. Historias dignas de ser contadas, excusas para sostener grandes empresas que, a la larga, terminan sosteniéndote a ti. En una precaria organización, en el caos de mis ideas, el primer intento fue algo así como lo siguiente:

La novela trata sobre un tipo que escribe una novela y debe terminarla dos días antes de que una amiga suya llegue desde donde sea. Se acerca el día y no puede acabar. Llega la fecha fijada y ni ella ni la novela aparecen por ninguna parte. El tipo sabe que no puede acabar lo que escribe mientras ella no llegue, pero también sabe que ella no va a llegar mientras la novela no esté terminada. Estúpidas promesas. Él la ama. Es una relación de largas llamadas telefónicas a países desconocidos. Sabe que esa novela será importante porque pondrá punto final a su vida hasta el momento en que la termine, en que la encuentre a ella. Sale a buscarla. La novela se llena de los paisajes en su viaje. Desérticos, solitarios, asesinos, escenificados. El tipo sabe que en algún momento la novela va a acabar abruptamente, pero no sabe por qué motivos ya.
El tipo ha vivido y sido criado siempre en una ciudad in extremis urbanizada. Una de locos, dice. En esa ciudad, donde viven los locos, vive entre las paredes una amiga del escritor que se dedica a coleccionar mariposas en el cabello: ella es un infierno en vida. Sus ideas, sus imágenes, todo ella lo tortura colándose en la novela. Principalmente esos delirios de ciudad son los que quiere exterminar de sí antes de que la otra, siempre la otra, llegue desde el lugar ajeno. Por eso los dos días y el apuro. La novela es su vida antes de lo que el quiere que sea su vida. Una vida de la que se arrepiente, de loca superficialidad. Finalmente, entendiendo no poder acabar con la novela, sale a buscarla con el objeto de pedirle perdón. No puede acabar y los capítulos de la novela le llegan como sueños que lo atormentan. Allá extraña la locura, a su infierno, allá en medio del silencio. Cuelga. Todos los personajes, a excepción del narrador, se quedan solos (espero).

¿Por qué el narrador no? Vaya a saber el autor.


2. (en el desierto)
La cabeza en la cabecera, nada. Abrir o cerrar los ojos es igual. El color siempre es el mismo: negro. Un negro como bolsa plástica respirada sobre la cara. Por qué las luces de la ciudad no rebotan hasta ahí: en ese motel cada pieza tiene por techo un espejo. Se había dado las buenas noches a si mismo apagando la luz del velador. Ni siquiera un brillo se reflejaba en él ahora. Piensa que seguro es así cuando te mueres. Después aparece ella: siempre la ve en el espacio de los ojos cerrados. Ella atravesando sus párpados, sus ojos con dedos filosos. Ella en posturas; ella poniendo caras para la foto. Ambos mirando ventana afuera. Ella diciendo un montón de cosas que no recuerda. No iba a encontrarla nunca. Se encuentra en el espejo sin llegar a reconocer su rostro: teme eso. Después de masturbarse la noche le parece más luminosa.


3. (antes, en la ciudad)
La tercera noche se acostaron. Al despertar al día siguiente él ya estaba enamorado de K otra vez.

Le pregunta desde hace cuanto ella está enamorada. K dice que se fue durante una caminata entre la Plaza de Ñuñoa y Providencia: al llegar a Bilbao ya estaba enamorada. Él se impresiona. Toma aire con la boca abierta, que escupe humo, y lo expele con fuerza: así deja claro que esa información lo descoloca.



4. (mucho antes, también en la ciudad)

-Mi mamá viene a Santiago. Quiere conocerte.
-Le contaste de mí –pregunto con molestia, por algo existía el trato.
-No, pero una madre siempre sabe.
-¿Y siente como ahora te estoy tocando las rodillas?

Se encoge de hombros. Ambos nos reímos y ella esconde la cabeza, rubia y sin desmalezar, entre las arrugas de mi camisa a rayas.

-Ella va a saber igual, así que haz ahora lo que tengas que hacer.


viernes, 13 de junio de 2008

I. Folio 3 - sobre Youth Yarrá (posterior al 27 de junio del 2007, no fechado ni titulado)

Youth Yarrá comenzó sus memorias poco después de acontecidos los hechos. De a poco, como tirando de una cuerda, escribió cada uno de los sucesos ocurridos en su vida, terminando con el que obviamente había conseguido como punto final tenerlo encerrado en esa casucha mecanografiando con apuro.

(…)
Satisfecho con el resultado, entregó el montón de 984 páginas mecanografiadas a un amigo, Sánchez, quien las leyó detenidamente por algo más de tres días. Cuando acabó arrancó la página del final y se limpió el café del bigote con ella: era señal de respeto a una buena lectura en su país.


Como escribiendo siempre la misma historia, Youth Yarrá anotó cada una de las cosas que le pasaron en la vida otra vez. Como un escritor escribe siempre la misma novela, pensó, yo paso en limpio lo dicho y hecho alguna vez con el fin de que, poco a poco, la forma sea distinta, pese a no poder cambiarse lo acontecido.