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lunes, 26 de octubre de 2009

iii. Folio 6 - Valparaíso (el primero)

1.

a L.

No me importa / No importa que se te salga toda ella / por todos lados /Más me importa que salga por tu boca / y que salga toda / en forma de historias / para que te deje en paz la lengua / de una vez por todas.


2.
a N.
Es obvio que te gustara toda
mi música con alma de negra en baile
caliente

En el desierto de juguetes de consuelo
tú, la película que me rehusé a ver hasta el final.


3.
Yo lloré a uno
sin decir nunca
que quería llorarlos a todos juntos en él.

lunes, 9 de febrero de 2009

III. Folio 1 - Lota (por Concepción a Coronel)

i. (a Lota)

1.
Me he convertido en una de esas mujeres corrientes / que tienen penas de llanto / y vidas de sonrisa de lápiz.

De tanto comerse las lágrimas / se les olvida como llorar / pero cuando se acuerdan / se acuerdan.

2.
No puedo evitar creer / que merezco este viaje como nadie / y yo también me escapo / pero nadie puede lamentarme en la ciudad / del mismo modo en que yo lo lamenté a él.

Yo también me escapo / pero nadie se va en ésta conmigo.

3.
“Y en medio del pecho quedó un agujero / para que no se viera le puse el sombrero.”

Y me voy por detrás / en silencio / la boca abierta y callada / como para que no me veas nada.

Y yo que te deseaba mal / ruidosa a morir / ahora te deseo a secas.

II. Folio 16 - Epílogo sin título (enero 2009)

i.

Y siempre tengo que bancarme / mis lágrimas sola / como si fueran algo incómodo / y nada elegante.

Llorar es de hecho / la incomodidad y la rotería misma.

ii.

A mí las lágrimas se me dan / con tanta naturalidad / como la tiza resulta en dibujos / como el azúcar resulta en mermelada / como sí.

Se me dan tan simples / que parece que ojos y boca / nariz y margaritas / hipos y grititos / fueran una orquesta en la lluvia / a punto de venirse abajo.

iii.

Si lo único que quiero / es que tenga piedad de mí / pero a cada que me descubro el rostro y se lo grito / él levanta los puños / y me cierra la boca.

iv.

Me gustaría ser algo más / que llanto y llantito / que caro y carito / pero es cuando pasa eso / que me siento menos armada / de mí misma / de lo que me permito andar.

v.

Oye / tomas la pastilla / y sí / la tomo / y ni falta que hace / por qué ni falta / porque no podemos tener hijos / porque no podemos tener nada más que esto / y esto es malo / y por qué no / porque Dios no da hijos a los infelices / y por qué es malo / porque no hay cosa más cruel / que mirarnos a la cara y no ver nada / porque nadie quiere venir aquí / a este lado de mi rostro / y darme algo que no cueste / y darme algo que pueda atorar / entre el pecho y la espalda.

domingo, 1 de febrero de 2009

II. Folio 15 - Los platos rotos (enero 2009)

i.
Mi vida está lo arruinada / como para que venga y me escupa en la cara / como para que me ignore con violencia / como para que me insulte y grite a mordidas / Está lo arruinada como para que me arroje de la mesa / como a una mosca muerta.

Mi vida está lo arruinada que haga falta / como para que la arroje al río y le tire una piedra / como para que le ate una cuerda al cuello / y termine por hundirla / así atrapada por el medio del cuerpo.


ii.
Y lloro estando sola / acompañada / con motivo / y sin razón alguna.


iii. (El amor para siempre le duró dos semanas)

El amor para siempre le duró dos semanas / y menos: / entre el 3 y el 14 hay sólo 11 días.

El amor para siempre le duró menos que a mí un paquete de toallas higiénicas / pero no dije nada / porque no quise que nadie más que yo / pagara los platos rotos.


iv.
Y no me entero de más hasta que estoy boca arriba / en el piso / y he llorado toda el agua que pueda salir por mis ojos / y he vomitado todo lo que ha entrado por mi boca / incluso eso / incluso la saliva y el aliento ajenos / y me ha venido el recuerdo de las palabras completas / sin cortes / y me he rendido a hipar como una loca / a caminar nublado y blando / y a que todos en la calle vean mis ojos de vidrio y sientan lástima / de tanta carolina que tengo encima.

sábado, 31 de enero de 2009

II. Folio 14 - Carta no enviada no. 3 (enero 2009)

Y está bien. Lo único que querías era acostarte conmigo y debí comprender antes que después de eso ibas a desaparecer como si la tierra te hubiera tragado. No es que me lo banque, por supuesto, pero puedo entenderlo con claridad. Yo sabía, cuando te abrí la puerta, que después de que te fueras no íbamos a vernos en un montón de tiempo. Mi cabeza, de hecho, decía nunca, nunca más, pero yo no pongo mucha atención a los pensamientos cuando son tan inconvenientemente absolutos. Incluso ahí, arrastrada entre las mordidas, yo quería seguirte viendo la próxima semana, la que venía después de esa y así. A pesar de las demasiadas palabras tontas que se te salían, ofendiéndome, yo tenía el plan trazado de antemano y ya nada podía llegar más allá de mi piel y de esa mañana. Tengo claro que el control era mío ese día como nunca lo había sido. El poder de las mujeres siempre está, en última instancia, en follar o llorar. El poder de acercar o alejar a las personas con un gesto tan vacío como el desnudarse. El poder de hacer sufrir a otros simulando autoflagelación. El poder, al fin y al cabo, de usar al cuerpo como llave maestra para solucionar todos los conflictos, para esconder todas las cosas que no pueden resolverse como gente civilizada, para engañar.
Las personas a las que les he contado no vieron nada lógico en mi manera de razonar, pero si te necesitaba fuera tenía que primero hacerte entrar: tenía que abrir las puertas de mi casa, abrir las piernas y dejarte ir como si fueras mierda que se va por el río cuando ya no es posible retenerla más. Te querías acostar conmigo, y así lo hicimos: nada mejor que hacerte el favor para que de una buena vez dejaras de estar escondido por mis rincones.
Yo te había dicho alguna vez antes que los besos que nos dimos siempre me sabían mejor a mí, que te quería más, pero la verdad es que en esos gestos artificiales de afecto la que más asco sentía era yo. Muchas gracias por darme el primer beso sin amor que me han dado, por meterte conmigo por primera vez sin ningún tipo de sentimiento y por la única palabra de afecto de todo el round: un por favor de tripas que casi te creo, y cuyo único objeto era conseguir que me la metiera en la boca como si te debiera algo más que estar ahí, en silencio. Como si estuvieras haciéndome a mí un favor aterrizado desde una nave espacial. Nunca pediste nada por favor y nunca fuiste primero en nada antes, está claro. Fuiste el primero en esas cosas, pero no sé si te darán orgullo como las que tanto ambicionabas cuando no decías tantas mentiras para salvarte el pellejo.
Aunque a las personas a las que les he contado no les pareció nada lógico, creo que conseguí que no te aparecieras más a arruinarlo todo. Aunque del proceso me queden las cicatrices de una que otra mentira creída a medias, desperté violentamente del mal sueño que teníamos como único punto de encuentro entre nosotros.

sábado, 29 de noviembre de 2008

II. Folio 11 - Simulacro de espectroscopía infrarroja no. 1 (noviembre 2008)

To a heartless bastard / From a heartless bitch

1.
Estar así / debería ser delito.
Los que deseamos / nunca sabemos bien qué.

2.
Debería entender que la gente sufriente es / además / gente egoísta / egoista y masoquista / S/A / (con furia) / (a ratos) / (como a sorbos intermitentes).

3.
Hacer un cuento / traducir una canción / abrir el cuento con una línea de la canción / con una cita / lastimarte / seguir así hasta que caigas muerto / seguir así / siempre.

4.
Y yo te espero / siniestra / y tú me miras, foto / y te tengo miedo / : los espejos siempre se quedaron más quietos que tú / fantasmita regodeón.

5.
Y después de todo el ruido / después de todas las imágenes, del frío / el silencio es denso como una imagen borrosa / y las frazadas pierden los contornos / las hilachas / luego las sábanas, el colchón / después mis piernas, mi ombligo / luego yo/ después.

miércoles, 29 de octubre de 2008

II. Folio 8 - Llamadas telefónicas (abril 2008)

Cuando hace tanto tiempo M me dijo sobre eso yo no le entendí palabra. Eso se llama despecho, dijo, y te voy a cuidar de él. Cuando cortamos M y yo, de mutuo acuerdo y a través de una llamada telefónica, pensé que el momento en que dijo eso había sido el único en el cual fuimos realmente felices. Llamadas telefónicas sucedieron a esa en varias ocasiones, amistosas, y el despecho de esa pequeña relación se transformó en un luto que se extendió por años. No fue, como hubiera pensado, una sola sensación extremadamente desagradable. Hasta hoy me maravillo de no sentir nada tras esa larga sucesión de emociones opuestas, relativas, superpuestas, distintas todas. Incestuosas, nacidas unas de otras. Incontenibles. A diferencia de esa vez con M, la sensación manifiesta ahora, tanto tiempo más tarde, es sólo de rabia, y el luto se ha convertido en reiterados simulacros de asesinato ante la imposibilidad de enviudar de verdad. Los motivos son diferentes, igual que el personaje y su corte, pero ahí están esas palabras incomprensibles otra vez. Deseos de estrangular el aire constantes, espasmódicos. Recuerdos que se vuelven barrocos, grotescos, absurdos por completo. Cosas dichas y entendidas después, traducidas en felicidades pasadas. La sensación, entonces, se me hace absurda como la sangre que se junta debajo de algunas costras y termina por convertirse en una piedra bajo la cicatriz. Duele, y no precisamente por ser una sensación a flor de piel, sino que por convertirse en un conjunto de ideas que retornan, se acumulan y hacen daño. En mucho tiempo no hubo noche en que no levantara el auricular del teléfono esperando, con tripas y cabeza, que la voz de M al otro lado de la línea intentara explicarme qué había pasado entre una llamada y otra. Podría decirse que, al no necesitar más explicaciones sobre el tema, lo único que persiste entre nosotros es un miedo extraño y el silencio de una punta de la ciudad a la otra.

miércoles, 8 de octubre de 2008

II. Folio 6 - Para no morir de rabia, silencio (julio del 2008)

Al darte ese cedé, que era toda yo, te decía ahí tienes mi música, y en ella secretos. Las gentes como yo ocultan sus secretos en cosas así para no tener que dar explicaciones infinitas; confunden a las cosas con la gente, la gente con las cosas y las cosas con sus secretos. Enrollamos las palabras en otras lenguas y en la lengua de otro, pero con eso decía esta soy toda yo. Tú decías, casi al mismo tiempo, este soy yo y no soy tú. No soy, y lo decías con tanto cuidado que pensé amabas escucharlo salir de tu boca. Lo decías tan encima de mí que creí ser el espejo empañado y temblé. Había tanta convicción en tu rostro que no entendí por qué elegías justo mis momentos así de vulnerables para intentar un eclipse. Advertía esos asuntos como quien contempla un retardo, pensaba en esa como tu torpe forma de decirme cuánto nos parecíamos. Pienso eso de buena fe, porque en el fondo creo que ese circo tenía por único fin saberte más astuto que yo con herramientas obtusas. Y yo te ponía todas las canciones de Air que yo amaba, incluso esa, y tú decías que nada era como tu Janis Joplin. Entonces me tenía que conformar con tus manos distraídas sobre la panza y mi música vacía; y mi música prefabricada en tus comentarios de mierda sintiéndose menos que un eco. Después acababas y decías que yo tenía toda la culpa, yo y mi música calentona. Y pensaba, para mis adentros, que nadie más que tú podía calentarse con semejante pedazo de plástico que entre nosotros sólo servía de espejo. Mi música, despojada de toda yo y mis secretos, toda sucia en tu boca, se volvía la banda sonora de un motel parejero de los sesenta. Te engrupías a la Joplin y mis canciones, todas sueltas, se perdieron más que yo misma en ese silencio fotográfico que ojalá guardaras.

jueves, 11 de septiembre de 2008

II. Folio 5 - Mar de Japón (junio 2008)

Siempre te creí tan al revés por tu afinidad con las cosas del Japón. No es que diga que oriente está todo patas arriba (que lo está, pero no es eso lo que quise decir), sino que siempre he sentido extraña simpatía hacia los chinos y abierto desagrado por los japoneses. Los chinos, amiga, tienen en lugar de erre, ele en sus sonidos. En japonés, al contrario, todas las eles son transformadas en erres. O la una o la otra; mar de Corea o mar de Japón, porque todos los asiáticos, incluidos los coreanos de ambos lados, odian a los japoneses y les tienen sangre en el ojo. Que a unos les quitaron esto, que a otros le impusieron aquello: un culebrón el asunto. Tú dices que es envidia, pero me concedes que el papel es chino y la homosexualidad ritual japonesa. A veces creo que eso es lo que más te gusta de allá, la capacidad inmejorable de lo fifí. Entre más gay, más seguidoras tiene el cantante de turno. Ojalá se saque fotos de dudosa curiosidad con artistas menores para impulsarles la carrera, quiera DIOS que se saque fotos así con otros igual de importantes por el bien de toda la humanidad. Una vez tenté suerte y te dije que era gay, y hasta me lo creí para ver qué pasaba. Entre nosotros obviamente nada, pero descubrí que no me gustan los soplidos en el cuello más que los de tu nariz cuando me das besos bajo las orejas. ¡Cuánto te gusta hacer eso, oye! Me acuerdo de cuando pediste permiso para saludarme así. ¿Puedo darte besos aquí? Y la punta de tu dedo me dio escalofríos que me corrieron hasta el estómago. Luego pegaste tu boca en ese lugar y dijiste que estar sola iba a volverte loca. Pensé, muy honestamente, que si no conseguías a alguien el que se iba a volver loco era yo. Después comimos un par de galletas rancias que tenía bajo la almohada y nos sentamos en el piso, con la espalda apoyada en la cama, a ver videos viejos en un VHS.

jueves, 4 de septiembre de 2008

II. Folio 3 - De otro planeta (apunte para la novela, abril 2008)

1.
-¿Y aquí?

Y su dedo presionaba el mentón, y sus ojos miraban hacia arriba distraídos como dos escarabajos, y la punta del índice de a poco se le ponía tan roja como el hoyuelo que dios le había hecho en la barbilla. Estaba aplastándolo.

-Aquí la cara se te contraería, porque la mandíbula se partiría en dos y el ángulo que tienes ahora así, tan gracioso hacia fuera, se te haría hacia adentro con los dientes quebrados. Quizás, si no se detuviera ahí, golpearía también tu paladar, contrayéndote la cara entera hacia adentro como si fuera una anti-cara: como si quisieras mirarte el interior de la nariz al cerrar los ojos.

Ella sonrió. Le gustaba cuando los signos apuntaban a que todo saldría bien. Se quitó el vestido a rayas para tenderse sobre la alfombra. Entre que hizo esto y se levantó por más café, hicieron el amor dos veces. En parte él miraba como dormía, en parte fundía los colores como si ella y el piso fueran una sola cosa. El estómago subía y bajaba muy lento, como a destiempo. Las luces seguían apagadas y las ventanas abiertas. De la calle, la noche se reflejaba en pequeñas luces sobre los brazos y el estómago, borrándolos. Los calzones brillaban más, al punto de iluminar la habitación. Satín rosa. Se preguntó en qué estaría pensando al vestir una cosa tan infantil. En el espacio de dos horas, hizo cuatro veces el amor consigo mismo. Se levantó a tomar café, pero en la tetera ya no quedaba ni media taza de agua hervida. Al entreabrir los ojos, a ella le pareció estar con el italiano. No, se corrigió, es Facundo que se ha revuelto el pelo y parece venido a la conquista de otro planeta. Le preguntó cuánto había dormido, pero él no supo qué responder. Preguntó al aire cómo es que se le ocurrió ponerse los calzones y no los sostenes. Él pudo haber sonreído, pero no dijo nada. Le contó, en cambio, que durmió muy mal debido a que tomó más café del presupuestado, pero que agradecía su ocurrencia de calzones y no de sostenes. Si hubieras dormido sólo con sostenes, dijo, de la risa no habría podido tomar café.

-Si hubieras dormido sólo con sostenes, no habrías dormido.

Se rieron los dos, aunque no sé si llegó a decirlo en voz alta. De las seis veces de la noche, para Facundo sólo dos fueron presenciales y las demás teóricas. Ella, en cambio, de las dos tuvo siete con Facundo y una con el italiano, que siempre se reservaba la mañana. Nunca sus talentos fueron matemáticos. Se acordaba de que, cuando era niña, su madre le dibujaba redondas manzanas rojas en tarjetas de cartón con la vaga esperanza de que aprendiera la lección. La cicatriz que tenía en el pie derecho le recordaba que no se está seguro en esta vida hasta que se aprende a dividir. Cada vez que la veía, los años desaparecían de golpe, como si fueran espacio.

El la miraba de reojo y de costado. Fijos los ojos en la cicatriz del pie con ambas tazas de café en la mano, como si fuera una equilibrista porno. Se le ocurrió que era la cosa más extraña que hubiera visto alguna vez: estaba ahí únicamente en calzones de satín, los que usaría una niña, sosteniendo dos tazas de café en silencio. Calzones que refulgen, dijo, pero pensó que de tanto brillo le estaban quemando los ojos. Le dieron ganas de escribir alguna cosa más que sea sobre el asunto, pero 1. Sintió cansancio de levantarse por papel y lápiz 2. Le daba pena dejar de mirarla con ojos llenos que se sentían rebalsar. Ella esperó un par de minutos más con los ojos fijos en el piso. El frío de las baldosas de la cocina le causaba escozor en la planta de los pies. Él intentó anotar algo sin buenos resultados. Terminó por desistir y tarjar toda la oración con una sola línea que se tambaleaba.

jueves, 21 de agosto de 2008

II. Folio 1 - Malos deseos (abril del 2008)

I.
Nada más satisfactorio
que dejar con las ganas.


IV.
Nada más rico
que irme antes de once
dejándote con la tetera puesta

IV.1
(nada más rico
que dejarte con la tetera puesta,
en todo caso).


II.
Cuello, clavículas, diafragma, panza
la nariz dice
que hay repeticiones que aburren,
pero algunas nunca nos cansan.


III.
Bajo todas las capas de ropa
la última.

Bajo las capas de ropa
el último disfraz.

Bajo las capas de ropa
dedos que se entierran
en las costillas y la boca.


VIII.
Me gustaría esperarte
tomándome una bebida así de grande
tarareando canciones así de rancias
para decirte que mis canciones
siempre fueron más largas y más duras.


IX.
Yo soy de esas que
en palabras de Fuguet
calientan el agua y no se toman el té.


V. (mala)
Te busco por la ventana
entre toda la gente del centro
únicamente para hacerte un desprecio.


VI.
Nada más divertido que verte andar así,
con la columna rota.


VII.
Supongo que lo hice
sólo porque pediste que no lo hiciera.

Al menos barroco
lo más barroco que hay.


X.
Te voy a romper las casualidades
para que me veas no verte.

Me vas a querer sin ganas
con guatita doliente y enferma.