Mostrando entradas con la etiqueta malos deseos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta malos deseos. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de enero de 2010

iv. Folio 5 - Artaud

Ayer leí la carta de Artaud. Tenía esa melancolía de las cosas que son demasiado bonitas o demasiado perfectas. Nos escribí un poema al respecto como quien se entrega una carta secreta. Nos calenté agua, nos corté unas rebanadas de limón, nos hice té. Nos corté un pedazo de pastel y nos serví la once, convencida de desentrañar en eso el misterio de mis poemas rotos. No con esa acepción: me refería a que estaban quebrados. Pensé en que las películas me habían hecho daño, pues era obvio que algunas cosas corrientes están destinadas a no ser más que eso. Cosas corrientes, carentes de todo sentido otro: si todo fuera especial explotaríamos sin remedio. Nos sentamos uno frente al otro a la mesa con nuestras tazas. Como todos los días desde hace un tiempo, la lámpara demasiado baja endureció nuestras facciones, empalideció nuestras pieles. Tu alma atormentada y deforme no pudo contener a la mía, idéntica. Tu alma torcida como la mía, que de tan cerca quema. Ninguno dijo nada. Anda tú a decirle a una serpiente donde poner sus deseos de muerte. Artaud decía adios, cariño inconmensurable, decía para siempre. Decía que todo de ser tan increíble lo estaba extinguiendo como si un fuego ajeno se lo estuviera comiendo vivo. La taza ardía entre mis manos y las tuyas. El vapor te hacía ver la cara más alegre, como si me escondieras algo. Tu sonrisa me hizo pensar en que eras de mi gusto, más que todos los libros que me hayan regalado. Nos convertimos a la vez en un par de gatos de cama y de agua tibia, pensé, y acaricié con súbito cariño la oreja de cerámica entre mis dedos y tus ojos.

miércoles, 29 de octubre de 2008

II. Folio 8 - Llamadas telefónicas (abril 2008)

Cuando hace tanto tiempo M me dijo sobre eso yo no le entendí palabra. Eso se llama despecho, dijo, y te voy a cuidar de él. Cuando cortamos M y yo, de mutuo acuerdo y a través de una llamada telefónica, pensé que el momento en que dijo eso había sido el único en el cual fuimos realmente felices. Llamadas telefónicas sucedieron a esa en varias ocasiones, amistosas, y el despecho de esa pequeña relación se transformó en un luto que se extendió por años. No fue, como hubiera pensado, una sola sensación extremadamente desagradable. Hasta hoy me maravillo de no sentir nada tras esa larga sucesión de emociones opuestas, relativas, superpuestas, distintas todas. Incestuosas, nacidas unas de otras. Incontenibles. A diferencia de esa vez con M, la sensación manifiesta ahora, tanto tiempo más tarde, es sólo de rabia, y el luto se ha convertido en reiterados simulacros de asesinato ante la imposibilidad de enviudar de verdad. Los motivos son diferentes, igual que el personaje y su corte, pero ahí están esas palabras incomprensibles otra vez. Deseos de estrangular el aire constantes, espasmódicos. Recuerdos que se vuelven barrocos, grotescos, absurdos por completo. Cosas dichas y entendidas después, traducidas en felicidades pasadas. La sensación, entonces, se me hace absurda como la sangre que se junta debajo de algunas costras y termina por convertirse en una piedra bajo la cicatriz. Duele, y no precisamente por ser una sensación a flor de piel, sino que por convertirse en un conjunto de ideas que retornan, se acumulan y hacen daño. En mucho tiempo no hubo noche en que no levantara el auricular del teléfono esperando, con tripas y cabeza, que la voz de M al otro lado de la línea intentara explicarme qué había pasado entre una llamada y otra. Podría decirse que, al no necesitar más explicaciones sobre el tema, lo único que persiste entre nosotros es un miedo extraño y el silencio de una punta de la ciudad a la otra.

lunes, 1 de septiembre de 2008

II. Folio 2 - Malos recuerdos (escritos de apoyo a Malos deseos, abril 2008)

1. Dejar en cama las zapatillas rojas de cordones blancos desatados, que corren más rápido, más lejos que las micros verdes. Las clausuras del cuerpo, las cláusulas del cerebro. Los ojos hinchados, los dedos de espinas; los silencios dolorosos, las manos dormidas. Los párpados en el agua y las burbujas que te hacen cosquillas en las margaritas. La picazón en la lengua y la saliva dulce al borde de rebalsar las tacitas que son las comisuras de los labios.
Todo lo demás puede levantarse perfectamente.


2. En el piso, en el cuerpo, las huellas del baile. Las avenidas, Lo, son como las vías del tren: neo-vías llenas de trenes sincrónicos que no duermen nunca. Cada tren corta en pedazos al aire y lo que haya llevado por él. Serpientes de fuego, de lluvia, vapor y velocidad. Las manchas en el piso son las de un baile que ellas no pueden ni dejan bailar.


3. Mi cama dorada: mi cama como una cerca electrificada. Y yo aquí horizontal, deseándote, Y tú difusa, y tú extendida y borrosa sobre todo ese pavimento.


4.
Si fuera casa
llevaría la fiesta por fuera y la miseria por dentro.


5. Letters We Never Sent

"Contenido de mi maleta: The complete poems of C.P. Cavafy, un pijama y las cuatro últimas cartas de B"
No entiendo que Bertoni pueda salir sólo con las cuatro últimas cartas. Yo salía con todos tus recuerdos a cuestas, a falta quizás de las cartas entre nosotros. De tanto leer su libro, B se me confundía hasta el cansancio con TU; después me gustó mucho más B. Si te inquieta, pienso que como yo me quedé con B, puede ser y es probable que Bertoni se haya ido contigo. Si tuviera cartas tuyas, habría salido con el fajo entero atado con elástico de calzón: con una cinta de satín rosa acabada en una corbatita perfecta. Yo habría respondido cada una de esas cartas, y ahora tendrías empapelado el muro en el que apoyas la cama con ellas. Sin mirarlas, por supuesto: no soy para nada tonta. Se me figura que esa idea te habría hecho gracia y las tendrías junto a tus recortes, tu Diógenes y tus fotos de Thelonius Monk. Esa pieza debe tener sumados como-mil-quinientos-treinta años de tierra encima. Cuando la muralla quiera apoyar la frente en el piso, los gusanos gordos entre los ladrillos se verán más jóvenes que tú y todas tus cosas. Por lo demás, ese día voy a estar contenta de dedicarte el pie de apertura en alguna de las muchas cartas que les envío a mis amigos por correo.

jueves, 21 de agosto de 2008

II. Folio 1 - Malos deseos (abril del 2008)

I.
Nada más satisfactorio
que dejar con las ganas.


IV.
Nada más rico
que irme antes de once
dejándote con la tetera puesta

IV.1
(nada más rico
que dejarte con la tetera puesta,
en todo caso).


II.
Cuello, clavículas, diafragma, panza
la nariz dice
que hay repeticiones que aburren,
pero algunas nunca nos cansan.


III.
Bajo todas las capas de ropa
la última.

Bajo las capas de ropa
el último disfraz.

Bajo las capas de ropa
dedos que se entierran
en las costillas y la boca.


VIII.
Me gustaría esperarte
tomándome una bebida así de grande
tarareando canciones así de rancias
para decirte que mis canciones
siempre fueron más largas y más duras.


IX.
Yo soy de esas que
en palabras de Fuguet
calientan el agua y no se toman el té.


V. (mala)
Te busco por la ventana
entre toda la gente del centro
únicamente para hacerte un desprecio.


VI.
Nada más divertido que verte andar así,
con la columna rota.


VII.
Supongo que lo hice
sólo porque pediste que no lo hiciera.

Al menos barroco
lo más barroco que hay.


X.
Te voy a romper las casualidades
para que me veas no verte.

Me vas a querer sin ganas
con guatita doliente y enferma.