Mostrando entradas con la etiqueta gato místico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gato místico. Mostrar todas las entradas

sábado, 20 de agosto de 2011

iv. Folio 12 - Centella, la gata perdida

Escribo líneas ciegas a la luz de una ventana
aún es muy tarde, muy noche
me quedo igual que como cuando era niña
castigada de pan y manjar
y lo único que quedaba era la pena
recordada al final del día.

Lo único que hay es la pena
de que ya nada esté como en la mañana
en que éramos tan felices
en que todo se quedó tan perfecto como no es nunca
en que de lo chica que estoy
me llena entera de nostalgias, de escalofríos.

Que se me pasen, que se me acaben
que se me dejen de salir en forma de ríos
cuando la casa que yo te hice alrededor, gata
se queda sin un pelo tuyo
sin un salto acrobático más
nos quedamos dos aunque sea para tres
nos quedamos dos celebrando las tardes que nos quedan
mirándonos la cara recortada sobre el tejado gris
que ahora siempre va a ser tu patio.

viernes, 13 de junio de 2008

I. Folio 4 - estudio para pie forzado (4 de julio del 2007)

1.
Desde hace una hora el mentiroso compulsivo está en la terraza fumando. No habla. Está sentado mirando hacia abajo los autos que pasan frente al edificio formando filas, tocando bocinas. Antes había dicho que no podía verme a la cara; que un gato lo miraba feo desde la ventana del cuarto piso por estar echado sobre mí, recriminándolo, y que por eso no había funcionado el día de hoy. Dijo lo que hacemos no me gusta. Voltea la cabeza: quiero que te retires, dice, como si yo fuera los platos sucios, tengo que trabajar. Pensar en esa, repito dos o tres veces; mi ropa y yo sin ella acabamos en el pasillo. Con los zapatos aún en la mano salgo, y sólo una hora y veinticinco cuadras más allá me doy cuenta de que él se quedó en mi casa. Yo estoy en la calle.

2.
Desde hace una hora el mentiroso compulsivo está en la terraza fumando. No habla, fuma sentado mirando hacia abajo los autos que pasan frente al edificio formando filas. Dijo que no podía verme a la cara, que un gato lo miraba desde la ventana estar echado sobre mí recriminándolo, y que por eso no había funcionado. Dijo lo que hacemos no me gusta. Voltea la cabeza y me pide que me retire: quiero que te retires, dice, como si yo fuera los platos sucios o la cuenta del cable, porque se supone que esté trabajando. Pensar en ella, digo, y lo repito dos o tres veces; todas mis cosas acaban en el pasillo. Vestida a medias salgo, y sólo a una hora y veinticinco cuadras más allá se me quita el enojo y concluyo con la frase habitual: no me usa más.

Él se quedó en casa y allá es donde voy. Caminando de regreso me acuerdo de la primera vez que me di cuenta de como serían siempre las cosas entre nosotros. Estábamos en la aduana de Arica, esperando. Rezábamos ambos porque el circo peruano frente a nosotros desistiera de diez cajones de mangos y las jaulas con leones y tigres de Asia. Apoyé la cabeza en su hombro y dormí por horas esperando. Cuando desperté me dijo que siempre habría una ella en el asiento del medio y entonces, supongo, me acostumbré a esperar y esperar, como en internación constante.