domingo, 21 de diciembre de 2008

II. Folio 13 - borrador hecho en base a sensaciones atroces (diciembre 2008)

ii. Mi pena se va al barrio alto

Mi pena antes era más estática / se quedaba paseando siempre entre la Plaza Egaña y la de Ñuñoa / a veces iba de subida / generalmente más iba de bajada / pero de la nada se hizo la costumbre de ir hasta Grecia y quedarse en la biblioteca municipal.

Mi pena está en subida, explorando / en cualquier momento me llega a la autopista y se va.

ii. (Después)

Y después quiso vestirme él, como una muñeca / y yo, que estoy más sola que la palta en la lechuga, me dejé vestir y maquillar / y me sentí una muñeca de verdad / y me comí el llanto que ninguno de los dos oyó venir por entremedio del hoyito en mis medias sucias.

iii.

Mentir es lo único que puede defender / a las gentes como yo / que están así de solas.

iv. Mi pena se volvió más chic

Yo me acuerdo de que antes / antes de dos, tres años máximo / mi pena disfrutaba de las cosas simples / ahora le gusta sentarse en el Forestal los días domingo / y escuchar en el ipod a She Wants Revenge / y mirar a los malabaristas regocijarse de su miseria.

i. (La muñeca)

Tiene los ojitos cosidos para no ver / para ser puro adentro que duela / puro adentro inundado con el agua que no puede salir / no ve nada, pero es bueno que nadie la vea llorar / entre las puntadas entra una luz que le molesta / pero si aguanta tiesa la mueca de la boca nadie se da cuenta de que algo pasa.

Adentro / las cosas flotan todas en una alcantarilla de lágrimas.

II. Folio 12 - El secreto (diciembre 2008)

Cuando hicimos la cámara de fotos de cartón, cuando yo tenía como cinco o seis años, creí que cualquier cosa se podía hacer entonces. Mi tío, que había comprado una pequeña cámara de juguete en un viaje al D.F., se esmeró en imitar a la perfección todo el proceso con el cual ésta fijaba las imágenes. El aparatito, que cabía en mi palma de niña, estaba todo desparramado sobre el escritorio del cuarto de mi tío, y no sirvió nunca más para nada que no fuera guardar monedas de diez pesos (cincuenta pesos, para ser exactos) muy bien ordenadas una sobre otra en su interior. Mi tío, todo lo que tocaba terminaba destruido. Después de unos días, nos dio a Jorgito y a mí una caja de cartón con un pequeño hoyo en el centro de una de sus caras. Tenía, eso sí, un pedacito de terciopelo azul cubriéndolo mientras no hubiera que exponerlo. ¿Exponerlo a qué? A la luz, Laurita, la luz pone al papel muy malo. Me senté con la espalda muy recta, apoyada en el respaldo de la silla. No te vayas a mover, anunció mi tío. Jorgito descubrió el hoyito y lo pegó a la caja con un pedazo de escoch. Ellos se quedaron mucho más quietos que yo, mirándome fijo. El sol me daba de lleno en la cara y me hizo ver, en cosa de segundos, sus caras plagadas de motas de colores. Ay no te asolees, Laura, que te van a aparecer más pecas. La voz se oía desde dentro de la casa, pero me pareció escucharla desde dentro de mi cabeza. Ninguno de los tres movió un músculo. Las caras de Jorgito y mi tío me parecieron tan chistosas. ¿No era acaso la caja la atracción? Esa caja de zapatillas con un hoyo de alfiler. Con hoyito y terciopelo, en todo caso. No soy yo, me dieron ganas de decir, pero supuse que de lo callados era probable que el sonido también hallara una forma de entrar a través de ese pequeño orificio, igual que la luz. Me alarmó pensar en que se vería el gritito histérico de mamá en la foto, flotando sobre mi cabeza. Sus ¡Ay! Malignos, sus ¡No! Imprudentes. Cállate, mamá, tú nunca entiendes nada. Señor fotógrafo, dijo mi tío consultando su reloj, prepárese para obturar. Diez, nueve, ocho, siete, seis. Jorgito sostenía la pestañita de terciopelo en el dedo, enredada en el escoch. Mi tío miraba fijo el reloj con el índice hacia arriba, como haciendo parar un taxi. Como dirigiendo la orquesta, pensé, y agradecí que se acabara porque la nariz me picaba como nunca. Y uno, y baja el dedo Jorgito, y tomo aire como saliera del viaje submarino más largo. El tío se olvida del reloj, de pasada también de todo lo demás, y se lleva la caja lejos, al cuarto oscuro, donde nadie pueda dar fe a ciencia cierta de lo que hace. Cuando sale soy toda negra sobre el fondo blanco, y me explica que la foto está al revés. No, no te asoleaste hasta chamuscarte, Laurita, tranquila. Se supone que mi tío nos traería la caja una vez más en su próxima visita, sin embargo de ese día sólo nos quedó la foto, el negativo y las bocas abiertas de la impresión.

sábado, 29 de noviembre de 2008

II. Folio 11 - Simulacro de espectroscopía infrarroja no. 1 (noviembre 2008)

To a heartless bastard / From a heartless bitch

1.
Estar así / debería ser delito.
Los que deseamos / nunca sabemos bien qué.

2.
Debería entender que la gente sufriente es / además / gente egoísta / egoista y masoquista / S/A / (con furia) / (a ratos) / (como a sorbos intermitentes).

3.
Hacer un cuento / traducir una canción / abrir el cuento con una línea de la canción / con una cita / lastimarte / seguir así hasta que caigas muerto / seguir así / siempre.

4.
Y yo te espero / siniestra / y tú me miras, foto / y te tengo miedo / : los espejos siempre se quedaron más quietos que tú / fantasmita regodeón.

5.
Y después de todo el ruido / después de todas las imágenes, del frío / el silencio es denso como una imagen borrosa / y las frazadas pierden los contornos / las hilachas / luego las sábanas, el colchón / después mis piernas, mi ombligo / luego yo/ después.

lunes, 3 de noviembre de 2008

II. Folio 10 - Sobre la flacura y la hermosura (agosto 2008)

Pr.
La mujer todavía espera que Ramón la mire y se de cuenta
Mírame y date cuenta, dice a veces.

1.
En estos días pobres
secos, de palabras torcidas,
las imágenes negras viajan en mi aire
como dedos por un bolsillo roto.

Y yo te espero, siniestra
y tú me miras, foto, y te tengo miedo.

2.
Lo que más me gusta de estar flaca
es que escribo muy rápido
y junto a mí la letra se ve elegante.

3.
Lo que más me gusta de estar flaca
es mirarme en el reflejo de la TV y desaparecer.


4.
Y yo me escribo en la cara la palabra cárcel
sin saber mucho por qué,
y la tinta se me desparrama a las comisuras,
a los lados de los labios,
por las cañerías que mi piel dibuja sobre sí misma.

(inconcluso)

miércoles, 29 de octubre de 2008

II. Folio 9 - De la religiosidad y la moda (junio 2008)

Esa vez, la primera que nos vimos después de mucho tiempo, llevaba puesto un vestido verde a rayas. Lo había comprado el día anterior en una tienda de ropa usada, al encontrarlo lo más bonito y triste que nunca había visto en una caja con olor a abuelo. Caminamos un par de cuadras en línea recta y, cuando llegamos a la Recoleta, tiré de tu manga para que dobláramos por una calle, sin obtener mayores resultados. No. Por qué no. No sé, podrían asaltarnos o peor. ¡Bah! No va a pasarnos nada, vamos. Créeme, no. Te propuse que cada quién siguiera por su lado y nos juntáramos frente a la vitrina del almacén de los sombreros que estaba a tres calles, ante lo cual te estiraste todo lo largo que eres y me miraste poco convencido. No supe si querías saber que efectivamente no iría contigo o, muy por el contrario, sólo querías mostrarme que si iba por esa calle nada te haría seguirme. La cosa es que aceptaste, seguiste siempre en línea recta por en frente de la iglesia y yo me quedé mirándote: te vi espantar unas palomas con la punta del pie. Después, en vez de seguir por mi camino, me detuve en el umbral de una puerta y esperé un buen rato, enmarcada como una virgencita en una estampa, imaginándome lo impaciente que estarías. Estarías enojado, de seguro, y los caros sombreros te molestarían más y más conmigo. Cuando te vi venir corriendo pensé que me dirías las cosas más nefastas por estar en esa puerta jugando como una niña cuando tú sentías ese inexplicable miedo a los ladrones. Sin embargo no dijiste nada. Te quedaste viéndome como si me hubieras bajado de un globo y yo, como pude, me enrollé con brazos y piernas, porque no todos los días alguien volvía por mí al umbral de una casa extraña. Fue lo más extraño reconocerme de esa manera, como una trampa, después de tantos meses. Aproveché de enrollarme, con dedos y pelos, a tu cuello lleno de borlas por detrás de las orejas. Las tenías tan heladas que tuve que quitarlas de la boca y taparlas con jirones del vestido verde de líneas blancas, y apretar fuerte mis manos para que nada se me fuera a escapar otra vez entre las arrugas de la tela y tu cabeza.