viernes, 13 de junio de 2008

I. Folio 5 - párrafos narrativos (no fechados ni titulados)

1.
(...) De entre las piernas le salió agua turbia con olor a porquería, y yo le había dicho de eso y de otras cosas sin que me hiciera mucho caso. (...) Sentado en la baranda la observo irse, toda mezclada con las aguas negras del río.


2.
Apuré. La mujer de tacos detrás de mí me trae enfermo. Dos, tres-cuatro, dos, tres-cuatro. Trescientos metros de golpeteo seco en el piso del pasillo, incluso a través de los audífonos, de las orejas y de la música. Meto los pies al pasto atravesando el campo en una diagonal exacta. El repicar de pies se calla. Una respiración agitada que sube por el cuello se abre paso a través de los gorriones y los oídos clausurados por alguna canción de rock progresivo.


3.
Entonces ahí sola da cosa subir a la micro de vuelta a casa, porque siento vergüenza de haber dicho eso. Me quedo mirando fijo a los autos que, hechos pura luz en la noche, pasan rápido frente al asiento del paradero. En la tele me habían advertido que los hombres nunca se enamoran de las mujeres a las que usan, pero sorda como yo sola cambié el canal para ver una teleserie mexicana.


4.
Todos me molestaron cuando supieron que calzaba 39, dije. Me miró con cara de diversión. Es que mamá me dejaba andar con los pies pelados por la casa. Siempre puedes decir que bailabas ballet, me dice. Yo siempre supe bailar a mi manera.


5.
Terminé de digerir la cita una hora y veinticinco cuadras más tarde. Me vestí como pude y salí a la calle arrancando de la perra que le habían regalado a Diego para el cumpleaños. Ya eran más de las cuatro. Esta vaca ya murió, pensé. Enfilé hacia la plaza de armas con la única intención de comprar alpiste y alimentar a las palomas hasta que una se reventara de gorda; idioteces mías. Ir allá y esperar, nada más.


6.
(30 de julio)

Yo recuerdo que la vez que la mamá se enojó más fue cuando Felipe tenía 14. Íbamos en una micro y lo vimos en el paradero de su colegio, y sus compañeros le tironeaban la cotona. No lo dejaban subir. Ella anduvo entre los asientos y, sacando una mano por la puerta, subió a mi hermano de una oreja. No hablábamos durante el resto del viaje cuando esas cosas ocurrían.

De mi papá: una vez, tratando de calentarme unas medias, les quemó los pies.


7.
Tenía sobre las uñas marcas de otras uñas. Rasguños en la cara, dentro de los ojos. Unas medias calentadas sobre un anafe, agujeros y quemaduras en los pies. Fotos de Felipe a los 14. Una mezcla de esas fotos con otras fotografías familiares más viejas que él mismo, blanco y negro, de puntas hilachientas. Todas sobre el piso. El Trix hasta entre sus cabellos, también en el piso. En las manos llenas de saliva. Las grietas en el suelo del dormitorio rellenas de polvo acumulado por años. Polvo, pelos y cereal.


8.
La cabeza en la cabecera, nada. Abrir o cerrar los ojos es igual. El color siempre es el mismo: negro. Un negro como bolsa plástica respirada sobre la cara. Por qué las luces de la ciudad no rebotan hasta ahí: en ese motel cada pieza tiene por techo un espejo. Se había dado las buenas noches a si mismo apagando la luz del velador. Ni siquiera un brillo se reflejaba en él ahora. Piensa que seguro es así cuando te mueres. Después aparece ella: siempre la ve en el espacio de los ojos cerrados. Ella atravesando sus párpados, sus ojos con dedos filosos. Ella en posturas; ella poniendo caras para la foto. Ambos mirando ventana afuera. Ella diciendo un montón de cosas que no recuerda. No iba a encontrarla nunca. Se encuentra en el espejo sin llegar a reconocer su rostro: teme eso. Después de masturbarse la noche le parece más luminosa.

1 investigadores:

Cristóbal Hurtado dijo...

Me enamoré, de un blog, una escritora y una presentación más que asertiva y perfecta.

Tendré que seguir encandilándome con este espacio.

Gracias! y nuevamente, no quiero provocar enojaciones.